Con los años V
Capítulo 5: Nueve años
La casa en el árbol. Le encantaba la casa en el árbol. José y Antonio la habían construido en el jardín de los Santiago cuando ellas tenían ocho años y la habían convertido en su cuartel general, en su escondite, en su refugio. En teoría era suya y de Elena. En teoría. Ivan y sus amigotes la invadían constantemente y les robaban cosas. Una vez incluso soltaron miles de lombrices en el suelo de madera, solo para molestarlas. Puaghhh…niños de once años. ¡Que inmaduros! Y, por supuesto, Elena se había negado a poner un pie allí hasta que no hubiese desaparecido hasta el último espécimen. No es que ser una chismosa este bien o que sea algo de lo que estar orgullosa pero Daniela se lo había contado todo a sus padres e Ivan se había quedado castigado una semana entera sin poder coger su bici. ¡Ja! ¡Toma esa retrasado!
Wow…que cantidad de recuerdos le traía aquella casa de madera en lo alto de un árbol. Estaba situada en la parte de atrás de su casa y se accedía a ella trepando por seis tablas clavadas en el tronco. No era muy grande pero tenía dos ventanas y espacio más que suficiente para Elena y para ella.
Allí llevaban el chocolate y demás dulces que robaban de sus casas o los pequeños tesoros que se encontraban por la calle y que sus padres no les permitían tener porque decían que solo eran basura. ¡¿Basura?! ¡¿Sus tesoros?!
Allí se reunían para contarse los más oscuros secretos, para planear su siguiente travesura o simplemente para estar la una en la compañía de la otra. Unas dos semanas después de haber inaugurado su nueva propiedad Elena la había llenado de comics viejos que había encontrado en el ático de su casa. Habían sido de Antonio. Habían sido, en pasado. Podían pasarse horas allí arriba, hablando y leyendo los cómics. Espiando a Ivan y a sus amigos mientras jugaban al escondite entre los árboles y gritando el lugar donde el castaño se encontraba fastidiándoles el juego. Buenos tiempos.
Habían pasado muchas cosas en aquella casa del árbol, muchas buenas y algunas no tan buenas. La primera vez que Daniela recordaba haber tenido miedo de verdad había sido en aquella casa de madera. Cortesía de Ivan, ¿cómo no? Y Elena también estaba allí, ¿cómo no? En todos los grandes momentos de su vida Elena estaba allí a su lado y también había pasado miedo…por dios, habían estado sin dormir casi tres noches seguidas después de aquello. Pero, ahora, dieciséis años después, lo recordaba y sonreía porque era una más de las experiencias que Elena y ella habían compartido y todas y cada una de ellas les habían llevado a terminar así, como lo habían hecho.
Daniela y Elena a los nueve años…
¡Dos semanas enteras con Elena! ¡Dos semanas enteras con Elena! Antonio y Laura la habían dejado al cuidado de Ingrid y José mientras ellos visitaban algunas capitales europeas en unas merecidas vacaciones. ¡Y era verano! No tenían clases lo que significaba que podían pasarse el día entero jugando. Las mejores vacaciones de la historia.
En aquellos momentos se encontraban gateando por el césped del jardín de su casa en busca de un trébol de cuatro hojas. Ingrid les había encomendado aquella tarea cuarenta y cinco minutos después de que ellas empezaran a preguntarle repetidamente que podían hacer aquella tarde. Buscar un trébol de cuatro hojas era una misión extremadamente difícil. Ya habían avisado a la mujer de que, en caso de encontrarlo, se lo quedarían ellas. A su madre no parecía haberle importando mucho. Le debía sobrar la suerte.
Casi una hora. Llevaban casi una hora rebuscando entre el césped en busca de aquel amuleto mágico. Elena había dado la voz de alarma como cinco veces y el corazón de Daniela se había acelerado notablemente solo para volver a su ritmo normal al darse cuenta de que su amiga parecía no saber contar hasta cuatro.
- ¡Daniela! ¡Lo he encontrado!- exclamó de nuevo la morena híper excitada.
Esta vez su corazón no se aceleró, había llegado a la conclusión “ver para creer” y se acercó al lugar donde Elena se encontraba a cuatro patas agachándose junto a ella.
- ¡Elena! Tiene tres hojas… ¡tres hojas! ¿no
sabes contar?- se desilusionó de nuevo.
- ¡Lo siento! Llevamos tanto tiempo aquí que veo doble…-se defendió la morena- Daniela… ¿y si le quitamos una hoja a uno y se la pegamos a otro? Sería un cuatrebol- le sugirió.
Daniela se tumbó todo lo larga que era en el suelo y miró las nubes.
- Eso sería trampa- le informó.
- ¿Y?- inquirió Elena a la vez que su cara sonriente aparecía en el campo de
visión de Daniela.
- No daría suerte. Y no se llaman cuatreboles, se llaman tréboles de cuatro
hojas- le corrigió- Además… ¿cómo lo pegaríamos?
- Mmmm… ¿con pegamento?- probó suerte con su rostro aún sobre la cara de su
amiga impidiéndole seguir observando las nubes.
- No tenemos pegamento- negó la castaña.
- ¿Con diurex?- ofreció otra solución.
- No tenemos diurex- le desilusionó de nuevo.
- ¿Con mocos?- sonrió.
- Aghhhhh… ¡eres una asquerosa Elena!- le empujó Daniela tirándola a un lado y la morena no se ofendió, simplemente reía tumbada boca arriba en el suelo.
Sin quererlo ella comenzó a reírse también acomodándose junto a su amiga en el césped.
- ¿Seguro que tus padres nos van a dejar
quedarnos despiertas esta noche?- le preguntó la morena mirándole
fugazmente.
- Seguro. Es una lluvia de estrellas y tenemos que pedir muchos deseos-
respondió.
- ¿Qué vas a pedir tú?- se interesó la morena.
- Que el verano sea muy largo, una bici nueva y que el curso que viene hayan
cambiado a Rosa de clase- enumeró y Elena soltó una risita al escuchar su
último deseo- ¿Y tú?
- Yo, que el verano sea muy largo, una bici nueva y que el curso que viene hayan
cambiado a Rosa de clase- repitió la morena.
- ¡Copiona! ¡Es trampa! ¡Esos son mis deseos!- le acusó su amiga mirándole
indignada.
- Son mis deseos también- se defendió Elena- ¡Ah! Y también voy a pedir que tus
padres te dejen venir con nosotros de camping- recordó.
- ¡Yo también voy a pedir eso!- decidió Daniela y Elena sonrió devolviendo su vista al cielo.
*****
Daniela apuntó con la linterna a la cara de su mejor amiga y rió cuando la vió entornar los ojos protestando. José e Ingrid les habían dejado observar la lluvia de estrellas desde su casa del árbol. ¡Que genial! Pero aquello no empezaba…llevaban más de hora y media allí arriba, esperando, y nada de nada.
La castaña se apartó de la ventana sentándose en el suelo, entretenida apagando y encendiendo la linterna mientras Elena continuaba mirando el cielo en busca de estrellas voladoras.
- ¿Y si no vemos ninguna?- interrogó la morena
minutos después abandonando su puesto de vigía y tomando asiento junto a
Daniela. Le quitó la linterna y la apuntó hacia su cara al igual que ella había
hecho antes. La castaña rió tapándose los ojos con la mano- ¿Y si no vemos
ninguna Daniela?- insistió- Adiós a nuestros deseos…- suspiró
decepcionada.
-Tenemos que ver por lo menos una- determinó la castaña.
- A mí me está entrando un poco el sueño- tuvo que reconocer Elena
apoyando su cabeza en el hombro de su amiga.
- No seas bebé…-le ordenó Daniela sacudiendo su brazo para molestarla.
Elena alzó de nuevo la cabeza ahogando un bostezo mientras se estiraba lo más que podía. De pronto se quedó quieta, con los brazos en el aire y miró a Daniela.
- ¿Has oído eso?- inquirió en voz muy
baja.
- Eh… ¿el qué?- frunció el ceño la castaña.
- Un ruido muy raro…- concretó Elena volviendo a acurrucarse contra su amiga en
busca de protección. Ninguna de las dos se esperaba lo que vino a
continuación, si se lo hubiesen esperado tal vez no hubieran gritando tan
alto.
- ¡¡BUUUUUUU!!- fue el repentino saludo de Ivan a la vez que asomaba la cabeza por la puerta de la cabaña. Se echó a reír al escuchar a las pequeñas gritar y ver sus caras de susto total y absoluto. Era un maestro.
Entró en la cabaña aún riéndose de su hermana pequeña y su amiga, que en el fondo era como una segunda hermana pequeña para él. Dejó que su secuaz, Marco, se colara también en la construcción de madera y miró a las dos niñas con gesto divertido.
- Vas a ver con mamá y papá- le avisó Daniela
aún con el susto en el cuerpo.
- Acusica barrabás en el infierno te verás- canturreó el castaño sacándole la
lengua.
-¡No, en el infierno te verás tú!- le dijo Elena señalándole con el dedo,
mirándole con gesto enfadado.
- ¡Ey tranquila niñita!- levantó las manos Ivan riendo ante la reacción de
Elena- No es culpa mía que sean las dos tan cobardes.
- No somos cobardes…-se molestó Daniela.
- No somos cobardes- repitió Elena con convicción.
Ivan y Marco se miraron al oírlas y se rieron dando a entender que discrepaban en ese aspecto. Las niñas también se miraron indignadas, ni les caía bien Ivan, ni les caía bien el estúpido de su amigo Marco. Eran los dos igual de tontos. ¡Y subían a “su” cabaña a insultarlas!
- Demuestrenlo- les retó Ivan. Las dos amigas le
miraron sin comprender que se esperaba que hicieran a continuación.
- Tienen que ir hasta el roble que tiene forma de mano, tomar lo que hemos
dejado allí y volver- les propuso Marco- Si lo hacen dejaremos de llamarlas
cobardes- ofreció un trato.
- Papá y mamá no nos dejan salir al bosque de noche- le recordó Daniela a su
hermano.
- Papá y mamá no van a enterarse. Están en el porche con los tíos esperando a
la lluvia de estrellas- le informó Ivan. Luego les miró a ambas con una media
sonrisa- ¿Acaso tienen miedo?- se burló y Marco soltó una risita.
- No tenemos miedo- decidió Daniela incorporándose dispuesta a aceptar el
desafío. Elena le miró algo dubitativa, ella un poco de miedo si que tenía.
Además el roble con forma de mano estaba muy lejos de allí.
- Muy bien- sonrió Ivan complacido al ver como su hermana pequeña se levantaba
arrastrando a Elena con ella- Pero tienen que tener mucho cuidado con el señor
Enderson- les advirtió y las dos le miraron al escuchar aquel nombre
desconocido.
- ¿Quién es el señor Enderson?- frunció el ceño Elena apretando un poco más la mano de Daniela.
Ivan y Marco intercambiaron una mirada cómplice. Aquello iba a ser muy, muy divertido.
- El señor Enderson vivía en la casa abandonada
que hay junto al cementerio- comenzó a explicar el castaño- Tenía dos niñas
pequeñas que vivían con él en la casa. Trabajaba vigilando el cementerio por
las noches y cavando tumbas…- suprimió una risita manteniendo el gesto serio
cuando vio la mirada que intercambiaron su hermana y Elena. ¡Y eso que no había
llegado a la parte buena aún!- …una noche llamó a la policía y dijo que tras
hacer la ronda del cementerio había vuelto a su casa y se había encontrado con
que sus hijas habían desaparecido…las buscaron durante días y días. Las
buscaron por todas partes…
- ¿Y donde estaban?- preguntó Elena con un hilo de voz.
- Las encontraron casi seis meses después…enterradas en el jardín de la casa
del señor Enderson. Pero ya solo eran huesos- narró el castaño y el gesto de
la cara de Daniela y Elena en ese
momento no tenía precio. ¡Lástima que no tuviera una cámara!- Se había vuelto
loco y las había matado a las dos con un hacha…la policía se llevó los huesos y
el señor Enderson no dejaba de gritar que eran suyos “¡Mis huesos!”, “¡Mis
huesos!”, “¡Devuélvanme mis huesos!”- gritó de pronto imitando al supuesto
señor Enderson y Elena y Daniela dieron un respingo y tragaron saliva con
dificultad- Se lo llevaron a un manicomio pero se escapó dos semanas después…y
desde entonces vaga por ahí de noche, con un saco y un hacha. Busca niñas como
sus hijas, las mata y guarda sus huesos en su saco y sigue buscando más…
- ¡Es mentira!- negó Daniela con la cabeza.
- Si, es mentira Ivan…te lo estas inventado- apoyó Elena a su amiga demasiado asustada por la posibilidad de que todo aquello fuera cierto.
Ivan y Marco se miraron encogiéndose de hombros, dando a entender que no les importaba lo más mínimo si les creían o no.
- ¿Siguen dispuestas a ir al roble con forma de
mano?- quiso saber el amigo del castaño. Elena les miró a los dos
dispuesta a decir que no, que era una cobarde, que no quería que sus huesos
acabaran en el saco del señor Enderson y que le daba igual si seguían
llamándola cobarde y miedica para el resto de su vida. Iba a decirlo pero Daniela se le
adelantó.
- Claro que si. Lo has inventado todo- determinó la castaña tirando
decididamente de la mano de su mejor amiga- Si te traemos lo que dejaron allí
nunca más se burlaran de nosotras…- buscó un trato.
- Lo prometemos- se comprometieron los dos niños inmensamente felices por cómo estaban saliendo las cosas.
En su interior Elena estaba gritándose a si misma que aquello era una muy, muy mala idea y que deberían quedarse allí en la cabaña esperando a ver las estrellas fugaces, pero Daniela ya avanzaba hacia el bosque con la luz de la linterna dando botes unos metros por delante y no podía permitir que se marchara sola. Los huesos de su amiga eran demasiado importantes para ella, de modo que corrió hasta ponerse a su altura y se agarró de su brazo.
Buff aquello estaba muy oscuro. Ninguna de las dos había estado en aquel bosque de noche. De día si, miles de veces, jugando a pillar y al escondite. Nunca de noche. Daba miedo de noche. Daba mucho miedo.
Mientras avanzaban solo podían escuchar el ruido de sus pisadas, sus respiraciones y a los grillos. Debían de ser un montón de grillos porque se les oía muy, muy alto. ¿Cuántos habría? Millones, tenía que haber millones y todos escondidos. Escondidos porque el bosque de noche da miedo.
Elena tenía su mirada fija en el único punto de luz que había frente a ella. El haz de la linterna que sostenía Daniela. Su pequeño corazoncito nunca había latido tan deprisa como lo hacía en aquellos momentos. Ni siquiera aquel día junto a su casa cuando se encontraron a Skippy. Entonces era de día. Le gustaba que fuera de día.
- No tengas miedo Len…- le susurró Daniela- Ya casi hemos llegado- le animó y, a pesar de sus palabras, la morena pudo notar que su amiga estaba tan asustada como ella misma. ¡Menudo consuelo!
¡Por fin! Allí estaba el viejo roble con forma de mano, la luz de la linterna de Daniela lo estaba iluminando en aquellos momentos. Había algo a los pies del árbol. Supuestamente era lo que debían llevar de vuelta para demostrarles a Ivan y a Marco que realmente habían llegado hasta allí. Se acercaron un poco más y la sangre de ambas se les heló en las venas al reconocer los objetos que descansaban a los pies del roble. Un saco viejo y un hacha.
- ¡Es el saco del señor Enderson!- gritó Elena y si Daniela no hubiese estado tan asustada en aquellos momentos y si las dos no hubiesen estado rodeadas por tan solo oscuridad y si hubiese podido pensar con un poco de claridad se hubiese dado cuenta de que aquel era el viejo saco donde sus padres guardaban patatas y hubiese reconocido la marca en el mango del hacha de José. En vez de eso su instinto de supervivencia se puso en marcha y tras soltar un grito que fue acompañado por otro salido de la garganta de Elena se dio media vuelta y corrió.
- ¡Corre Elena! ¡Corre!- le ordenó a su amiga mientras ella ya lo hacía con todas sus fuerzas. Casi podía escuchar la voz del señor Enderson tras ellas “¡Devuélvanme mis huesos!”…
Mientras corría con la luz de la linterna saltando incontrolable de un lado a otro, iluminando ramas, matorrales y raíces, inconscientemente se centraba en la rápida respiración de Elena a su espalda, asegurándose de que le seguía en aquella carrera por salvar sus pequeños huesos. Y de repente ya no la escuchó y a pesar del miedo que tenía, a pesar de que cada microscópica parte de su ser le insitaba a seguir huyendo, se paró en seco volviéndose hacia la oscuridad y hacia el señor Enderson y cuando vio a su amiga en el suelo casi llorando no lo dudó un segundo antes de correr hacia ella.
- ¡Elena vamos!- le gritó tomándola de la mano y ayudándole a levantarse- ¡Vamos corre!- exigió retomando la carrera hacia su casa, esta vez con la mano de Elena fuertemente sujeta en la suya.
Llegaron faltas de aliento y ni siquiera pensaron en volver a subir a la casa del árbol. Fueron directas al interior de la casa de Daniela y subieron las escaleras de dos en dos. No pararon de correr hasta que no estuvieron a salvo en la habitación. La castaña cerró la puerta y arrastró una silla para bloquearla por si acaso el señor Enderson tenía la sangre fría de seguirlas hasta allí. Una vez asegurada la entrada se volvió hacia Elena que se sorbía la nariz sentada en la cama su pecho subiendo y bajando muy, muy rápido por el miedo y la carrera. Daniela se acercó a ella con su corazón latiendo a mil por hora. ¡Buff se habían librado por los pelos!
- Elena…no llores- le pidió rodeando sus
hombros con un brazo.
- Me he caído y pensaba que me iba a atrapar…- sollozó la pequeña mirándose las
manos que descansaban sobre su regazo.
- No. Yo no hubiera dejado que te atraparan Len- le calmó Daniela y la morena le
miró con ojos llorosos.
- Gracias por volver a por mi- musitó mirándose las manos de nuevo y calmándose
poco a poco.
- De nada- le respondió la castaña mientras notaba como los latidos de su propio corazón volvían a la normalidad. Las dos estaban sanas y salvas.
Se quedó un poco más al lado de Elena, mientras ambas se recuperaban del susto y mientras Elena trataba de controlar el hipo. Siempre le daba el hipo cuando lloraba. Minutos después se asomó a la ventana de su cuarto y miró el bosque que se perdía en la oscuridad de la noche. Y pensó en el señor Enderson con su saco y con su hacha caminando entre los árboles y esperando encontrarse con unas niñas a las que quitar los huesos y se prometió a si misma que los huesos que llevaba en aquel saco nunca jamás serían los suyos y sobre todo que nunca jamás serían los de Elena. Y de pronto la vió. ¡Una estrella fugaz! ¡Y otra! Wow…
- ¡Len! ¡Mira, están lloviendo estrellas!- le avisó.
Pronto ambas estaban junto a la ventana observando las estrellas viajar por el cielo. Iban muy rápido, por lo menos debían ir a cien kilómetros por hora.
¡Por lo menos!
Las dos desearon lo mismo pero no que el verano fuese más largo, ni una bici nueva, ni siquiera que Rosa fuera transferida de clase el año próximo ni que Lena pudiera ir de camping con los Bastida.
Cada una pidió a las estrellas que el señor Enderson no la atrapara nunca y, sobre todo, que no atrapara nunca a su mejor amiga.
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