Con los años IX
Capítulo 9: Trece Años
Buff, los trece. Posiblemente el año más complicado y caótico de toda su vida. Si tuviera que definirlo con tan solo una palabra la elegida sería: confuso. Así había sido. Muy, muy confuso. Y la fuente principal de toda esa confusión tenía nombre. Si, Elena Bastida. Elena, su mejor amiga.
Las cosas entre ellas no habían cambiado, pero a la vez si habían cambiado. Confuso. De un tiempo para acá cada vez que miraba a Elena, la miraba igual que siempre pero veía algo más. Cada vez que tocaba a Elena, la tocaba igual que siempre pero sentía algo más. Y cada vez que pensaba en Elena…buff, cada vez que pensaba en Elena se acordaba de aquel beso de fresa que no cambió nada entre ellas.
Fue la primera vez que se guardó sus pensamientos para ella, la primera vez que no pudo o no quiso compartirlos con su mejor amiga. Hasta entonces se lo habían contado todo, lo habían compartido todo. Pero aquello era diferente, se sentía tan distinta por dentro y las cosas seguían tan como siempre por fuera…confuso. Y no se atrevía a preguntarle a Elena si ella también pensaba a veces en su beso de fresa.
No pasó mucho tiempo hasta que lo diferente que ella se sentía por dentro comenzó a afectar a lo de fuera. Elena la conocía muy bien, la conocía mejor que se conocía ella misma y, gracias a dios no sabía que, pero si se dio cuenta de que algo había cambiado, como si tuviera visión de rayos X o algo así. Y en cierta forma, cuando se trataba de ver a través de Daniela, Elena la tenía.
Y se sentía acorralada cada vez que la morena trataba de acercarse e intentar que se abriera. Y Elena se sentía rechazada cada vez que ella negaba que algo fuera diferente. Cambió la dinámica de su relación. Cambió para mal y las cosas comenzaron a ser diferentes también por fuera. Más confusión. Genial.
No dejaron de estar juntas, no abandonaron los viernes de cine ni nada de eso, pero las peleas se hicieron más serias, peleas provocadas por todo lo que Daniela no decía y probablemente por lo que Elena decía también.
Durante los trece discutieron más que en todos los años anteriores juntos. Y ya no eran discusiones por qué dibujos ver, o porque una de las dos se había comido la última galleta. Trataban sobre la confianza porque Elena sentía que Daniela ya no confiaba en ella como antes, trataban sobre cosas serias y dolían. Esas peleas dolían mucho más que cuando una de las dos se comía la última galleta.
Y cada vez que Elena se marchaba enfadada, o cada vez que era ella quien salía corriendo, lloraba, porque necesitaba a su mejor amiga y necesitaba volver a la inocencia de todas las preguntas y de las respuestas que se habían hecho a lo largo de los años. A preguntarle cómo se sentía después de que Noel le chuperreteara la cara, o porque los mayores se besaban en las películas si era tan asqueroso. Pero la pregunta que se moría por hacerle no tenía nada de inocente, ya no. “¿Piensas en nuestro beso de fresa?” Y fuera cual fuera la respuesta no tendría nada de inocente tampoco y llevaría a más preguntas como “¿Por qué? ¿Tu si?”. No creía estar preparada para escuchar lo que Elena tuviera que decir y estaba segura de que no lo estaba para responder todos los interrogantes que seguirían, así que se quedaba callada, negando que algo hubiera cambiado y llorando cada vez que una nueva pelea les separaba.
Tal vez a confuso habría que añadir también doloroso.
Un año confuso y doloroso.
Daniela y Elena a los trece años…
Sábado y llovía fuera. Normalmente Daniela odiaba la lluvia y no poder salir de casa pero aquella tarde casi lo agradecía. Elena se había marchado casi a la hora de comer. Había pasado allí la noche después de ver “El Exorcista” y todo había sido normal. Palomitas, las dos bajo la manta suave y calentita y Elena privando a su brazo de circulación sanguínea. Igual por fuera, pero…
Había comido con sus padres y con Ivan, más callada que de costumbre y sin escuchar apenas la conversación que el resto de la familia mantenía a su alrededor, pensando en cuanto le había costado dormirse la noche anterior y en el tiempo que había dedicado a observar a Elena respirando tranquilamente a su lado. ¡No quería sentirse así! Quería que todo volviera a ser como antes, cuando las dos se pasaban la noche hablando y riendo muy bajito, contándose secretos al oído. Cuando ella no sentía la necesidad de retirar ese mechón rebelde de la cara de Elena para poder ver mejor sus ojos y cuando el único efecto que la sonrisa de su amiga tenía en ella era hacerle sonreír también, cuando aún no le estrujaba el corazón dentro del pecho.
Ayudó a sus padres y a su hermano a recoger la mesa antes de desaparecer rápidamente resguardarse en su habitación. Aquella tarde Elena y ella habían quedado con Sara y con algunas otras niñas de su clase para ir a ver una película a los únicos cines de la pequeña ciudad. Había llamado a Sara poco después de que Elena se marchara y le había dicho que al final no podría ir. Si se lo hubiera dicho a Elena le habría hecho mil preguntas y al final la morena tampoco hubiese ido porque habría preferido continuar interrogándole. El interrogatorio se hubiese transformado en una mini discusión, la mini discusión en una pelea. Elena se hubiese ido dolida y enfadada y ella se habría quedado allí llorando. No, muchas gracias. Quería tiempo para estar sola. Para pensar en lo que estaba pasando, para pensar en Elena sin tenerla delante.
Cerró la puerta de su cuarto, asegurándose de que los tres otros miembros del clan Santiago continuaban en el piso inferior antes de caminar hasta el armario empotrado y abrirlo. Se agachó, retiró un par de zapatos del compartimento más bajo y, ayudándose con un tenedor que había “tomado prestado” hace tiempo de la cocina, levantó una tabla suelta. Era su escondite secreto. Solo ella conocía su existencia, y cuando decía “ella” quería decir “Elena y ella” por supuesto. ¡Maldita sea! ¡Si era difícil esconder algo a la morena! El único lugar completamente seguro era el interior de su cabeza, en lo más profundo de sus pensamientos, estaba casi segura de que Elena no podía acceder hasta allí. Casi segura pero no totalmente.
Aún así había tenido que hacerlo, había tenido que sacar aquellos pensamientos ultra secretos de su mente, plasmarlos en algún sitio con la esperanza de encontrarles más sentido, de verlo todo más claro. Solo había conseguido gastar papel y, extrañamente, sentirse un poco mejor. Pero todo seguía tan confuso como al principio.
Sacó el pequeño diario que le habían regalado a los diez años y que no había utilizado ni una sola vez hasta hacía unos meses y se acomodó en su cama, a Elena le habían regalado uno igual pero tampoco lo había usado, no lo necesitaban, la una era el diario de la otra, al menos lo habían sido hasta hacía poco. Apoyó su espalda contra el cabecero. No iba a arriesgarse a que nadie pudiera cotillear el contenido de aquel cuaderno acercándose sigilosamente.
Cuando tuvo la espalda cubierta, sacó la llave que tenía pegada con adhesivo en la parte de abajo de uno de los cajones de su mesilla y abrió el candado que protegía el preciado contenido de aquellas páginas. Buscó la última entrada, de hacía dos días, y la volvió a leer.
“Querido diario,
Hoy Elena y yo hemos subido a la casa del árbol otra vez, porque Elena me ha dicho que tenía algo importante que contarme. El corazón me ha empezado a latir muy rápido porque he pensado que a lo mejor quería decirme algo sobre nuestro beso de fresa y si ella me dijera que también piensa en él yo podría decirle todo lo que está pasando y porque a veces me pongo rara con ella y peleamos. Al final solo quería decirme que había visto a Noel y a Rosa besándose detrás de los baños de los chicos. El corazón ha dejado de latirme rápido y se me ha debido quedar cara rara porque Elena me ha preguntado si estaba bien, yo le he dicho que si y ella me ha dicho que no se lo creía y entonces yo le he dicho que me daba igual si se lo creía o no y ha puesto una cara muy triste y se ha marchado de la casa del árbol. Le llamé por teléfono luego y no ha querido ponerse. Laura me dijo que se había ido con Antonio a comprar algunas cosas pero sé que estaba allí y no ha querido ponerse, la escuché hablar muy bajito.
Ya no sé que hacer para que las cosas vuelvan a ser como antes, quiero que no me guste tanto que Elena me abrace o al menos que me guste igual que cuando me abraza Sara, pero no sé como hacerlo.
En el recreo Sara, Lisa y Tara han estado hablando de los chicos a los que querrían dar un beso, le ha llegado el turno a Elena y ella ha dicho que no quiere besar a nadie. De todas formas no creo que ningún chico del colegio tenga un millón piezas de oro para poder gastárselo en un beso de Elena.
Las demás la miraron como si fuera un bicho raro porque no quería besar a nadie y entonces me han preguntado a mí. He respondido lo mismo que ella, y en parte es verdad porque no quiero besar a ningún chico, pero en parte es mentira porque no es cierto que no quiera besar a nadie.
Intento no pensarlo, lo intento de verdad, pero no lo consigo del todo. Cada vez que ella está cerca lo tengo más y más claro. Quiero besar a Elena y no como prueba, ni como ensayo. Solo quiero besar a Elena.
Rezo por la noche antes de dormirme para que al día siguiente se me haya pasado, pero nunca se me pasa y llevo rezando mucho tiempo. O no sé rezar bien o Dios está muy ocupado con otras cosas y no sé da cuenta de que cada día es peor que el anterior”.
Suspiró tras terminar de leer aquellas confesiones de su puño y letra y se dispuso a escribir algunas más. Empezó por lo que había sentido el viernes por la tarde cuando Elena había llegado a su casa con la película de “El Exorcista” en sus manos. Parecía que ya se le había olvidado que el día anterior se había ido corriendo de la casa del árbol, enfadada o triste, o las dos cosas, y ella fingió que lo había olvidado también. Era más fácil así, al menos a corto plazo era mucho más fácil así.
Antes de cenar se habían pasado mucho rato en su habitación escuchando un disco que Daniela se había comprado hacía poco y que le gustaba mucho a las dos y sin darse cuenta se había quedado mirando a Elena durante un rato muy largo. La miraba embobada pensando en todo y en nada a la vez. La morena se había dado cuenta y le había pegado con uno de sus peluches para sacarla de aquel viaje astral, se río cuando le golpeó pero no tenía gracia. No, no la tenía.
Después, cuando ambas se escondieron debajo de la manta y le dieron play, Elena se acurrucó contra ella, como siempre hacía. Y Daniela ya no sabía muy bien como se sentía ante esa cercanía de su amiga. No le molestaba, claro que no, más bien lo contrario, le gustaba como siempre le había gustado y un poco más. Y era ese “poco más” el que le estaba volviendo loca porque le encantaba como olía Elena y la forma en que su cabeza se adaptaba a su hombro y su pelo acariciaba su mejilla y su cuello.
Había empezado a escribir lo que había pasado cuando ambas se marcharon a la cama cuando escuchó el timbre. Y podía haber sido cualquiera, podía haber sido Marco o sus tíos o cualquier amigo de sus padres, pero supo que no era ninguno de ellos. Se levantó rápidamente de la cama y se asomó a la ventana solo para confirmarlo. La bicicleta de la morena estaba tirada frente a las escaleras de la entrada. Corrió hasta el armario y metió el diario de cualquier manera de nuevo en su escondite. Lo tapó rezando porque su madre la entretuviera abajo y le diera tiempo a ella a disimular. Pero, como ya sospechaba, o no sabía rezar bien o dios estaba demasiado ocupado para atenderla. Elena entró en la habitación antes de que pudiera levantarse y cerrar el armario.
- Ey Dan…-saludó mirándole mientras cerraba de nuevo la puerta.
- ¿Qué haces aquí?- preguntó claramente a la defensiva, levantándose y cerrando
el armario antes de sacudirse un poco los pantalones.
Elena pareció un poco dolida por aquella bienvenida pero no dijo nada. Caminó
hasta sentarse en la cama.
- Sara me ha dicho que no ibas a venir al cine- explicó- Pensaba que te pasaba
algo…
- No me pasa nada- mintió una vez más y ya había perdido la cuenta del número
de mentiras que le había contado a Elena en los últimos meses. Muchas en todo
caso- No me apetecía ir- añadió sentándose en el otro extremo del lecho.
- Podías habérmelo dicho y nos hubiésemos ido a otro sitio tú y yo. Podemos
irnos a donde te apetezca- señaló la morena.
- Quiero estar sola- matizó Daniela tal vez en un tono demasiado cortante.
Elena miró el suelo sintiendo que ese hueco que había empezado a sentir dentro hacía unos meses, el cual se hacía un poquito más grande y un poquito más frío.
- ¿Por qué?- interrogó sin tapujos y enfrentando la mirada de su amiga.
- ¿Por qué quiero estar sola?- frunció el ceño Daniela. ¿Qué podía responderle
a eso?
- No. ¿Por qué ya no quieres estar conmigo?- aclaró Elena y si su voz no reveló
como se sentía por dentro, lo hizo el brillo de las lágrimas en sus ojos.
- ¿Por qué dices eso? Claro que quiero estar contigo- contestó la castaña a
pesar de que comprendía perfectamente porque su amiga sentía que cada vez se
alejaban más.
- ¡No! ¡No como antes Daniela! Antes me hubieras llamado y me hubieras dicho que no querías ir al cine y hubieses venido a mi casa o me habrías pedido que viniera aquí- le acusó- Antes nos lo contábamos todo- le recordó mirando el armario con ojos tristes. Solían esconder muchas cosas bajo la tabla suelta de aquel armario. Ahora era Daniela la que escondía cosas allí y lo peor era que las escondía de ella- ¿Qué te pasa?- le preguntó con voz muy suave.
Daniela apartó la mirada fijándola en los dibujos de la colcha de su cama.
- Nada- respondió automáticamente.
- ¡No vuelvas a decir lo mismo de siempre!- exclamó la morena- Ya estoy cansada de fingir que me lo creo- admitió dándole la espalda y no añadió más.
Daniela no dijo nada tampoco y el silencio en la habitación le permitió escuchar a Elena sorbiéndose la nariz.
- ¿Elena?- le llamó la castaña tímidamente acercándose a ella por su espalda y sentándose a su lado. La morena siempre había sido de lágrima fácil, pero nunca había llorado por su culpa, excepto esa vez que se metió con ella porque se le había caído un diente y quedaba muy graciosa. Se le subió el corazón a la garganta al verla mirando fijamente el suelo mientras un par de lágrimas descendían por sus mejillas. Había visto llorar a Elena muchísimas veces, pero nunca la había visto llorar tan de verdad
- Perdóname Len…- le pidió
cubriendo el hombro de la morena con su mano- A lo mejor es verdad que estoy un
poco rara…-tuvo que reconocer. Y esta vez Elena le miró entre las lágrimas.
- ¿Y porque…porque estás rara?- preguntó siendo interrumpida por el hipo.
Daniela sonrió por dentro. A Elena siempre le daba el hipo cuando lloraba,
desde pequeña.
- No lo sé- mintió de nuevo- No lo sé Len, pero no es culpa tuya- añadió.
- Pero si me lo cuentas podré ayu…ayudarte- el hipo otra vez- Como esa vez que
llorabas porque habías perdido la patata en forma de corazón que te dio tu
abuelo…¿te acuerdas? Y me lo dijiste y la buscamos entre las dos y la
encontramos ense…enseguida, ¿te acuerdas?- insistió.
- Si, me acuerdo- admitió la castaña.
- ¿Por qué no puede ser ahora como esa vez?- quiso saber.
- Por que no sé lo que se me ha perdido- le contestó y no pudo evitar secarle una lágrima con el pulgar de su mano.
Elena la miró en silencio por unos segundos, era mentira, claro que lo sabía, y volvió a darle el hipo.
- ¿Me lo dirás cuando lo sepas y así lo buscamos juntas?- le preguntó de
todos modos. Lo que podía perder era demasiado importante como para dar el paso
y ponerlo todo en claro allí y entonces.
- Te lo diré cuando lo sepa- se comprometió Daniela.
- Vale- aceptó la morena mirándose las manos que tenía sobre las rodillas.
- ¿Vas a dejar de llorar? Sabes que no me gusta verte llorar- le dijo la castaña
y Elena asintió sufriendo otro ataque de hipo. Escuchó a Daniela reír y ella
sonrió un poco secándose una mejilla con la manga de su suéter. A su amiga
siempre le había hecho mucha gracia cuando le daba el hipo. Pero en realidad no
era nada divertido.
- ¿Quieres que me vaya?- le preguntó la morena. Si Daniela quería estar sola,
aunque ella no lo comprendiera, debía dejarle.
- No. No quiero que te vayas- aseguró la castaña- Yo nunca quiero que te vayas- añadió.
Elena sonrió un poco al escucharla porque necesitaba oir eso.
Apoyó su cabeza en el hombro de la castaña y la sintió tensarse de inmediato,
la sonrisa abandonó su rostro y se separó de ella antes de lo que le hubiera
gustado. No se creía que Daniela no supiera que era lo que le hacía comportarse
así de raro, lo que hacía que de repente le incomodara que la abrazara. Creía
que ambas lo sabían a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, debía ser muy
evidente…nunca había podido esconderle nada a Daniela, era difícil, era una
misión imposible. Y ninguna de las dos quería hablar de ello claramente.
Si, Daniela lo sabía seguro, y por eso había empezado a alejarse de ella. Por su culpa, por sentir lo que no tenía que sentir, su mejor amiga iba aumentando la distancia entre ellas, inventando excusas, construyendo barreras y mientras tanto ella no podía hacer otra cosa que sentarse a esperar el final mirando como sucedía todo. ¿Qué opciones tenía? ¿Decírselo claramente? Solo conseguiría que Daniela se alejara al doble de velocidad, tal vez que se alejara del todo al segundo siguiente. No, necesitaba a su mejor amiga, mucho más que como a su mejor amiga, pero se conformaría con eso si no quedaba más remedio.
Se quedó sentada en la cama de la castaña, observándola mientras ella colocaba un disco nuevo en su cadena de música. Y, una vez más, la pregunta que llevaba un año entero queriendo hacerle a cada segundo murió en su garganta. “¿Tu también piensas a veces en nuestro beso de fresa?”.
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