Con los años IV
Capítulo 4: Ocho Años
Siempre había estado ahí para ella, siempre. Cuando se conocieron Elena le había dicho que las mejores amigas jugaban juntas, se sentaban juntas en clase y se contaban secretos. Era el concepto del término “amistad” para los niños de cinco años. Poco a poco Daniela había ido dándose cuenta de que la amistad no solo era eso. La amistad era mucho más, al menos la suya con Elena lo era. Incluso cuando una de las dos no quería jugar porque estaba enfadada o triste la otra se quedaba a su lado, tratando de hacerla reír inventándose historias tontas y casi siempre lo conseguían.
Le debía eso a Elena, bueno, le debía tantas cosas a Elena que no podría enumerarlas todas. Habían descubierto juntas lo que era la amistad y entre las dos habían construido la mejor amistad del mundo. Era una de esas que sabes que va a durar para siempre, de esas que hacen que nunca jamás te sientas solo porque sabes que ella está ahí. Eso le había dado, Elena estaba ahí todo el tiempo. Con ella. Como aquella vez que la clase había planeado una excursión al parque de atracciones y todos los niños estaban extremadamente emocionados y Elena no había dejado de hablar de las ganas que tenía de montarse en todas y cada una de las atracciones. Llevaba una semana enumerándolas. Y de repente a Daniela le habían castigado sin ir a la excursión por un desafortunado incidente que incluía una pelea con Ivan durante el día, y unas tijeras y el pelo de rata de su hermano durante la noche. ¡¿Qué?! ¡Había quedado muy guapo! Total…que Ingrid y José le habían dejado sin excursión. Se quedaría en casa ese día. Elena se lo había tomado incluso peor que ella misma y se había negado en rotundo a ir si Daniela no le acompañaba. Naturalmente Laura y Antonio habían insistido diciéndole que habría muchos más niños y que iba a pasárselo igual de bien. ¿En qué planeta vivían Laura y Antonio? Elena no lo sabía con exactitud pero desde luego en uno muuuuuyyyy alejado de la realidad. No iba a pasárselo bien sin Daniela pero sus padres iban a obligarla a ir. Así que había provocado su propio “incidente”. El cual había tenido que ver con el jarrón favorito de su madre y la guitarra favorita de su padre. Resultado: Castigada. Ninguna de las dos iría a la excursión y las cosas habían salido rodadas porque Daniela iba a quedarse en casa de sus abuelos aquel día, ya que José e Ingrid debían trabajar, pero a última hora había surgido un imprevisto con sus potenciales canguros y la pequeña Daniela había sido acogida en casa de Elena. El mejor castigo de todos los tiempos.
Mejores amigas para lo bueno y mejores amigas para lo malo.
Daniela y Elena a los ocho años…
Elena avanzaba de la mano de su papá hacia la casa de su mejor amiga. Todo el mundo estaba muy serio y se habían vestido como si fuera domingo y no era domingo, era viernes. Ella estaba muy preocupada, mucho. Daniela no había ido a clase. Le había preguntado a su mamá donde estaba su mejor amiga nada más salir por la puerta del colegio y Laura le había explicado que se había quedado en casa aquella mañana porque estaba muy triste porque su abuelito se había muerto.
El abuelito de Daniela se había muerto. Ella no entendía muy bien que significaba aquello, sabía que cuando la gente se moría se marchaba al cielo pero tampoco entendía cómo podía ser eso. El cielo estaba muy alto. No creía que hicieran escaleras así de altas o a lo mejor sí. A lo mejor tenían escaleras especiales. Lo que si entendía era que cuando alguien se moría la gente se quedaba muy triste porque cuando alguien se moría ya no le veías más ni podías hablar con él ni nada de nada.
Sus papás se lo habían explicado un poco cuando se murió su perro Skippy. Un coche lo había atropellado mientras su papá le daba un paseo y Elena ya no lo había podido ver más y había llorado mucho y había estado muy triste. Y Daniela estaría mucho más triste porque al que no iba a ver más era a su abuelito.
Siguió a sus padres hasta la puerta de la casa de su mejor amiga y Antonio le acarició el pelo cuando ella se aferró a su pierna. No sabía si iba a saber que decirle a Daniela para que no estuviera tan triste. Fue Ingrid quien abrió la puerta y también tenía cara muy seria y estaba vestida de traje, como sus papás. Observó en silencio como su madre abrazaba a la mamá de Daniela y luego como lo hacía su papá. Pasaron al interior de la casa y la pequeña morena escaneó rápidamente la estancia en busca de su mejor amiga pero no la encontró. Solo había gente extraña para ella y José que saludaba a sus padres en aquellos momentos con el mismo gesto que el resto en su cara.
Había oído algo de que los mayores iban a ir a un funeral y no sabía lo que era un funeral pero ella no quería ir porque todo el mundo estaba muy triste así que seguro que no era nada divertido. Sus papás iban a ir también y le habían preguntado si quería quedarse en casa de los Santiago con Daniela. Por lo visto su amiga era muy pequeña aún para ir a eso de los funerales e iba a quedarse al cuidado de una vecina. Y, por supuesto había aceptado a quedarse con su mejor amiga. Estaba triste y no podía dejarle estar triste sola. No sería de mejor amiga. Ingrid se acercó a ella y se agachó a su lado.
- Hola Elena cariño- le saludó forzando una
sonrisa.
- Hola- musitó la pequeña morena mirándole.
- Dani está en su habitación, seguro que está deseando verte- le indicó la mujer- ¿Quieres que subamos?- le preguntó acariciando su pelo y Elena se limitó a asentir con la cabeza y a darle la mano cuando Ingrid se la tendió.
La siguió escaleras arriba hasta la habitación de su mejor amiga. La puerta estaba cerrada y Elena pudo ver el cartel que habían hecho juntas Daniela y ella. Era de colores y ponía “Daniela Santiago”. En la puerta de su habitación ella tenía uno igual pero que ponía “Elena Bastida”. Respiró hondo cuando Ingrid empujó la puerta y avanzó unos pasos aún tomada de la mano de la mujer. Vio a Daniela sentada en la cama abrazada a su peluche preferido.
- Dani cielo…mira quien ha venido a verte- le dijo Ingrid a su hija menor. La pequeña había estado muy callada desde que le habían dado la noticia la noche anterior, por eso les había pedido a Antonio y a Laura que llevaran a Elena. Esperaba que la presencia de la morena allí la animara un poco.
Daniela levantó la vista intrigada por quien podía haber ido a verla. Durante todo el día había estado pasando por casa gente extraña, pero nadie iba a verle a ella, iban a ver a sus papás y a su abuela, pero no a ella. Vio a Elena de la mano de su madre y la morena le saludó con la mano que tenía libre.
- Hola Dan- dijo en voz alta.
- Hola Len- contestó ella. Ingrid sonrió un poco mirando a una y a otra
antes de soltar la mano de la mejor amiga de su hija.
- Voy a volver a bajar. Dani…nos vamos dentro de un poco, los padres de Elena vienen también. Si necesitan algo la señora Pérez estará abajo ¿de acuerdo cariño?- le consultó a la pequeña castaña acercándose a ella y besando su pelo. Daniela asintió con la cabeza e Ingrid volvió a besarle una vez más antes de encaminarse hacia la puerta y dejarlas a ambas solas.
Elena miró la puerta cerrarse y luego a Daniela que volvía a estar con la mirada perdida en algo que ella no podía ver. Seguía abrazada a su peluche. Tras unos segundos de dudas se acercó a la cama de su mejor amiga y se sentó junto a ella.
- ¿Estás muy triste?- preguntó apenada. Daniela se limitó a asentir con la cabeza- ¿Quieres jugar a algo?- le preguntó y la castaña negó con un nuevo gesto de cabeza- ¿Quieres hablar de algo?- probó suerte quedándose sin munición y Daniela volvió a negar.
Elena miró el suelo. Si no quería jugar ni hablar, no había nada más que pudieran hacer. Devolvió su vista a su mejor amiga que se había apoyado en el cabecero de la cama y se trasladó hasta sentarse a su lado. Colocó su cabeza sobre el hombro de Daniela y notó como la castaña apoyaba su mejilla contra su coronilla.
Estuvieron calladas mucho rato, la una junto a la otra, Elena ya no buscaba nada que decir, si Daniela necesitaba simplemente “estar” entonces simplemente “estarían”. Ninguna de las dos supo cuánto tiempo habían pasado de ese modo cuando Daniela por fin habló.
- ¿Te acuerdas de cuando se murió Skippy?-
inquirió la castaña y Elena asintió con la cabeza. Daniela lo sintió en su
hombro asi que siguió hablando- Estabas preocupada porque iba a estar solito
porque no conocía a nadie en el cielo- señaló- Ahora seguro que mi abuelo le
cuida- añadió.
- ¿Si?- inquirió la morena.
- Si- aseguró Daniela- A mi abuelo le gustan mucho los perros, seguro que se
pone muy contento cuando se encuentre con Skippy.
- Y Skippy muy contento cuando se encuentre con tu abuelo- indicó Elena y
Daniela sonrió un poco- Dani…-le llamó la morena tras unos segundos de
silencio.
- ¿Qué?- preguntó.
- ¿Tu sabes cómo sube la gente al cielo? ¿Tienen una escalera muy larga?- preguntó
a su mejor amiga.
- Claro que no tonta- rió un poco la castaña y a Elena no le molestó que se riera de ella porque lo importante era que se estaba riendo- Suben volando- explicó como si fuera obvio.
Elena se apartó de ella ligeramente para mirarla.
- La gente no vuela- le dijo.
- No. Pero cuando te vas al cielo te salen alas, unas alas blancas muy grandes-
le informó la pequeña castaña.
- ¿Y si tienen alas porque no bajan a vernos?- quiso saber la morena. Si ella
subiera al cielo y tuviera alas bajaría a ver a sus papás y a Daniela a todas
horas.
- No pueden bajar- dijo un poco triste de nuevo. Ella también se lo había
preguntado a su mamá.
- ¿No pueden bajar? ¿Por qué no?- frunció el ceño Elena. ¡Que injusto!
- No lo sé- se encogió de hombros Daniela- Mamá dice que desde el cielo nos
pueden cuidar mejor que desde aquí porque nos ven siempre- repitió las palabras
de Ingrid.
- ¿Siempre?- frunció el ceño Elena algo inquieta.
- Aja- asintió Daniela.
- ¿Y cuando hacemos cosas malas también?- quiso dejar claro.
- Si, pero no te preocupes, mi abuelo no es un chismoso- le calmó.
- Skippy tampoco es un chismoso- aportó la morena.
- Podemos seguir haciendo cosas malas entonces- sonrió un poco Daniela. Elena
también sonrió al verla- Mi papá dice que se está muy bien en el
cielo, incluso mejor que aquí.
- ¿Mejor incluso que cuando estamos viendo nuestros dibujos animados favoritos
comiendo nuestras chucherías preferidas debajo de tu mantita tan suave?- lo
dudó Elena. Se estaba demasiado bien allí como para que pudiera ser superado
por nada más.
- Mucho mejor- asintió Daniela.
- Wow…-fue todo lo que dijo Elena antes de volver a apoyar su cabeza en el
hombro de su amiga- ¿Sabes? Me da lo mismo lo bien que se esté en el cielo. Yo
prefiero quedarme contigo debajo de la mantita comiendo chucherías y viendo
dibujos- le dijo.
- Yo también- sonrió un poco la pequeña castaña recostándose más contra su
amiga.
- Dan…-llamó su atención la morena de nuevo.
- ¿Qué?- respondió.
- ¿Estás un poquito menos triste?- le preguntó esperanzada.
- Si- hubo de reconocer la castaña- ¿Vas a tener que irte?- temió la
respuesta.
- No lo sé. Pero creo que sí. Mis papás no me han traído pijama ni nada-
indicó.
- No importa, yo te dejo uno- ofreció Daniela- ¿Les pedirás que te dejen
quedarte? Por favor- suplicó. No sabía porque, solo sabía que se sentía mejor
con Elena allí.
- Vale, se lo pediré. Y sino me dejan lloraré un poco- desveló su plan.
Un rato después escucharon la puerta de entrada a la casa y salieron correteando de la habitación asomándose a las escaleras. Escucharon un pedazo de la conversación que Laura e Ingrid estaban manteniendo.
- Creo que sería bueno para Daniela…si no te
importa dejar a Elena aquí esta noche- hablaba la madre de la castaña.
- Creo que será bueno para todos Ingrid, Elena no ha parado de preguntar por ella desde que ha salido del colegio. No sabes lo preocupada que estaba porque Daniela no había ido a clase- sonrió un poco.
Daniela miró a su amiga al oír a Laura.
- ¿Te has preocupado mucho?- preguntó.
- ¡No sabía dónde estabas!- se justificó la morena.
Su amiga no insistió. Ella también se asustaría si de repente un día Elena no apareciera por clase así que no iba a burlarse. Resultó que las lágrimas de la morena no fueron necesarias esa vez. Los mayores ya se habían puesto de acuerdo y Elena pasaría allí la noche.
*****
Debía de ser muy tarde ya. Muy tarde. No se oía ni un solo ruido en toda la casa pero ellas dos no dormían. Aún no. Estaban metidas en la cama de Daniela muy cerca la una de la otra porque tenían que hablar muy bajito para no ser descubiertas despiertas de madrugada. Estaban enumerando todas las cosas que se les ocurría que el abuelo de Daniela y Skippy podrían hacer en el cielo. ¡Madre mía, esos dos iban a pasárselo muy bien!
- ¿Cuál es la comida favorita de tu abuelo?-
preguntó Elena en un susurro y su aliento le hizo cosquillas a Daniela en la
oreja y la castaña rió muy bajito sacudiendo la cabeza antes de contestar
acercándose al oído de su amiga.
- La tarta de manzana- respondió también en un susurro y fue el turno de Elena
de sacudir la cabeza con una risita porque el aliento de Daniela le había hecho
cosquillas en su oreja.
- Skippy comerá todos los días huesos enormes y tu abuelo comerá todos los días
tarta de manzana- aseguró.
- ¿Todos los días?- frunció el ceño Daniela.
- Seguro que si- insistió la morena.
- Jo…que suertudo- señaló la pequeña castaña y Elena sonrió al oírle.
- Si yo fuera al cielo comería todos los días chucherías- le dijo la
morena.
- Prométeme que no vas a irte al cielo- le pidió Daniela quedándose
seria.
- Hay que ser muy, muy mayor para irse al cielo- le dijo Elena. Al menos eso le
habían dicho sus papás cuando ella se había preocupado por si se marchaban
ellos.
- Tienes que avisarme cuando vayas a marcharte ¿vale Len? Porque así me iré
contigo- le dijo la castaña.
- Vale, te avisaré- pactó la morena.
- Pero avísame con tiempo porque tendré que preparar la maleta- insistió
Daniela.
- ¿Hay que llevarse maleta al cielo?- frunció el ceño Elena.
- Claro. Tienes que llevarte ropa y eso… ¿quieres tener que ir por el cielo con el culo al aire?- le preguntó Daniela y Elena rió un poco al imaginarse a todo el mundo en el cielo con el culo al aire. Negó con la cabeza en respuesta a la pregunta de su amiga, prefería ir con ropa.
Antes de que ninguna de las dos pudiera decir nada más escucharon que alguien abría la puerta de la habitación. ¡Maldición! Les habían pillado. Debían de haberse reído un poquito alto. Cerraron los ojos muy fuerte y se quedaron inmóviles la una frente a la otra en espera de que Ingrid o Jose creyeran que estaban dormidas de verdad.
Cuando la puerta se cerró de nuevo abrieron los ojos y se sonrieron haciendo un esfuerzo enorme por no reírse.
- Creo que deberíamos dormirnos ya Dan- opinó
la morena.
- No puedo dormir, no tengo sueño- le informó.
- Si, cierra los ojos- le animó su amiga tapándole los ojos con su manita- Nos
dormiremos juntas ¿vale?- le propuso.
- Vale- accedió la castaña. Igual así si podía dormir.
Y aquella noche, gracias a Elena, Daniela se durmió pensando en lo feliz que iba a ser su abuelo porque todos los días podría comer tarta de manzana en el cielo.
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